Pedir y Dar

El ejercicio consiste en escuchar una conversación al azar, en cualquier bar. Si la flecha señala a una mujer, es probable que se esté quejando de que su marido/amante/pareja no la escucha. Si es hombre el protagonista de la escena, puede que reclame mayor intensidad en cuestiones sexuales a su coequiper. Quizás la argumentación se dé a la inversa. No se trata de un tema de género; las escenas antes descriptas son sólo ejemplos de cómo funciona el “reclamador” promedio.

Es una especie de línea de atención al consumidor. Queja, queja y más queja. A la espera de algún tipo de resarcimiento por el supuesto “mal funcionamiento” de la otra persona. Una madre podrá condolerse con una amiga de que sus hijos no le prestan atención, que no la visitan, que no están presentes como antes, cuando eran chiquitos y la mamma era LA mamma. Un hijo también tendrá algún reclamo que hacer porque así no ocurriera no sería un hijo que se precie de tal. Todos nos quejamos de algo o de alguien, por lo general del déficit ajeno que siempre parece cruel y mucho. Pero la viga en el ojo propio, esa sí que hacemos malabares para ocultarla.

Es de psicología de manual que lo que tanto reclamamos a un otro probablemente no lo estemos ofreciendo nosotros. A veces se trata de mera proyección de nuestras falencias en un tercero. Lo que vamos aprendiendo con el transcurrir de los años es que quejarse y reclamar no son dos verbos positivos para los vínculos ni conducentes a buenos resultados. Claro, es más fácil cacarear a pedir atención de buena manera. Gritonear nos deja menos expuestos que sentarse frente a un otro a abrir el corazón y decirle que lo necesitamos. Pedir pareciera sinónimo de vulnerabilidad y la fragilidad no está bien vista en una sociedad resultadista.

Pedir desde el sentimiento suele generar empatía. Igual que dar. En el jardín de infantes nos enseñaban a compartir los juguetes, las galletitas y las sonrisas. A dar nuestras cosas, nuestro tiempo y nuestro corazón al otro. Crecemos y creemos que dar nos convertirá en blanco de gente que se abuse de nuestra buena fe. ¿Y si volvemos al arenero? ¿A pedir la palita y a prestar el baldecito? Será un hermoso recreo para nuestra rigidez mental. Pedir. Y dar antes que nos pidan. Vas a ver qué bien se siente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s