Sobre vientos y coincidencias

 Su cabello daba vueltas y se le pegaba a la frente alborotado por el viento. Mientras la miraba se convencía de cuán hermoso seguía siendo su rostro aun después de tanto tiempo. La tarde de Cadelse, pueblo viejo, sacudía el polvo de las baldosas con el aire tibio profeta de tormentas.Un hombre de camisa a rayas caminó entre ellos, casi esquivándolos, y luego de esperar a que dos automóviles terminaran de pasar, miró necesariamente hacia ambos lados para tomar la calle Fahy. Se perdió más adelante, cuando lo tapó el almacén de la esquina.A lo lejos una madraza terminó de barrer la vereda con la escoba pajosa y se apoyó estratégicamente sobre el palo. Curvando la mano derecha sobre su frente, indagó entre las nubes que llegaban desde el este y dijo: “esta noche tendremos agua”. Restregó luego la escoba contra el aromo de la vereda y desapareció detrás de una puerta que, cerrada de un golpe, sonó a madera seca.Habían estado veinte años sin verse y ese tiempo había producido cambios. Los había mecido y dejado caer, los había levantado y arrojado contra la pared, inundándolos de gracia y de pena, acribillándolos, resucitándolos, como a todos, como a nadie por igual. Porque que a veces el tiempo suele apiadarse de unos pocos elegidos: hombres de deudas pendientes y de últimas palabras no dichas, gentes merecedoras de ciertos permisos que se agotan pronto, sobre todo cuando quedó tanto por decir.  

Sucesión de instantes de finitud desconocida: ¡Qué encantador milagro es no conocer su finitud! ¿Acaso actuaríamos igual de sabernos el final? ¿Planificaríamos todo, cada uno de nuestros actos, ideas, opiniones, trabajos y estudios en función de un punto hacia el cual convergemos indefectiblemente? ¿Valen las preguntas sobre el conocimiento del último día de nuestra vida, o acaso el hecho de que éste exista de por sí hace que actuemos inconscientemente en función de él, aunque a nivel de piel lo neguemos o le seamos indiferentes? Por esto, sucesión de instantes de macabra finitud desconocida, danos en el último segundo la tranquilidad de saber que hicimos, pensamos y trascendimos de la mejor manera posible y luego déjanos caer finalmente en paz, déjanos saber que lo hecho, hecho está; que está más o menos bien hecho. Trátanos como lo que somos: seres melancólicos, llenos de vacíos oscuros que intentamos desaforadamente llenar con luz. Déjanos tranquilos. Hicimos lo que somos. Somos lo que hemos hecho. Somos lo que queda de nosotros. Somos lo que se recuerda de nosotros. Somos seres cansados. Somos hombres tristes porque sabemos que seguro viene el polvo y lo demás son esperanzas de salvación. Sabemos que necesariamente hay gusanos y posiblemente cielo. Sabemos poco y a medida que sabemos más conocemos lo mucho que queda por saber. Somos seres con miedo. Déjanos descansar en paz. 

Veinte años. Muchísimo tiempo. Ellos alguna vez se habían amado tanto que los veinte no hacían uno. Allí estaban frente a frente otra vez: podían verse, reconocerse, gozarse, detener los momentos para hacerlos carne eternamente. Sólo el viento llevaba en su agitarse todo lo que tenía de dinámico el mundo, sólo él les recordaba la no eternidad.La vereda de Cadelse se perdía en el horizonte y ellos la pisaban como si nada. Un pochoclero en bicicleta los ignoró y también terminó por caerse en el infinito, allá donde el cielo y la tierra se unen y algún obsoleto imaginario todavía compra pochoclo caliente.Las casas del pueblo enmarcaban el cuadro y se les asemejaban: eran demasiado viejas para tener noción del tiempo. Habían soportado cambios y progresos globalizados que nunca prendieron en la gente de Cadelse; cosas extrañas que jamás fueron compatibles con su idiosincrasia tradicional. Las casas eran inmunes a todo, menos a la humedad. La humedad viene siempre después, con el tiempo, con el futuro. La gente de Cadelse era inmune a todo, menos al futuro. 

Y allí estaba él, con veinte años más que sus dieciocho de la última vez. No había cambiado mucho en general. Estaba un poco más robusto, con algunas canas y la voz decididamente ronca por no haberla utilizado durante un tiempo. La miraba con sus ojos que seguían siendo duros y tiernos a la vez, igual que sus gestos y modales. Aún la miraba con cariño. Aún la amaba.Estaban los dos frente a frente y ninguno expresaba nada más allá de un gesto indiferente. Quizás fue la sorpresa de haberse cruzado en la calle por casualidad, o el miedo a haberse confundido de persona, o el miedo a recordar.A tres cuadras llegaba el tren. El silbato resonó en todo el pueblo, amplificado por el silencio de la tarde. Rebotó en cada una de las paredes de las casas hasta diluirse en el viento, que también se llevaba el rechinar de la bicicleta del pochoclero. Silencio. Nuevamente la brisa era lo único que hacía saber que todo no era un cuadro congelado. Mientras su pelo alborotado seguía removiéndose, la miraba y se convencía de que seguía tan bella como siempre, tanto como cuando tenía diecisiete. Finalmente, él se decidió a hablar:-Veinte años… ¿no? -dijo fríamente haciendo oír su voz ronca.-Y dos meses  -contestó ella de igual manera. 

Poca gente andaba por la calle. Aún no terminaba la hora de la siesta.Él alguna vez había sido músico. Alguna vez había soñado con la fama, pero no podía amar y ser amado por muchos a la vez: el camino que conduce a la gloria puede dejarte muy solo si no estás preparado para recorrerlo. Ese camino te repliega hacia adentro encerrándote de manera egoísta hasta el punto de desdeñar la compañía de los otros… los otros se interponen, molestan, no comprenden. Por eso la había dejado esa tarde hacía veinte años. Por eso había cometido el error más grande de su vida y la había abandonado aún sabiendo que jamás encontraría a alguien como ella. Se había ido de Cadelse con su guitarra al hombro a buscar la gloria, que estaba seguro le esperaba no muy lejos, no muy tarde. Se había casado, años más tarde, con aquella cantante de fondas porteñas. Había creído ver en sus ojos un relámpago de recuerdo que luego se había disipado en medio de confusiones y peleas. Su corazón no daba amor, lo tenía reservado para quien nunca había dejado de extrañar.Y después, el fracaso. No sólo se había separado, sino que su música ya no quería ser escuchada, ya no servía, no los conformaba ni a ellos ni a él. Por eso, cansado y deprimido, había vuelto a su pueblo, aquél que lo vio nacer y soñar, el lugar que en última instancia nunca le había negado nada y que otra vez lo recibía para guardar secretamente su derrota en una vieja casa de una vieja calle de tres nombres. 

El viento se arremolinó y pestañearon para evitar que los alcanzara el polvo. El silbato del tren se escuchó un par de segundos y después otra vez nada. 

Y allí estaba ella, de pie, mirándolo, con veinte años más que la última vez. Sus ojos bellos y melancólicos, de recuerdo eterno, dejaron escapar una lagrimita que posiblemente fue ocasionada por el viento de la hora de la siesta. Se veía mucho más joven; es más, parecía que el trazado del camino del tiempo la hubiera dejado a un costado. Había sabido resignarse a que él la dejara, pero no lo olvidó jamás. Se había casado con algún hombre de profesión desconocida que solía pintar cuadros y retratos para calmar momentos difíciles. Había vivido una vida común, tranquila, pero su corazón no daba amor.Se había mudado a la Capital para crecer como bailarina. Había viajado, había vivido, había aprendido, pero nunca supo quitar de su mente aquella tarde en que él se marchó dejándola sola en el bar de la esquina de su casa, intentando responderse preguntas imposibles mientras terminaba un café ya casi frío.Veinte años después estaban ahí, mirándose, parados en la vereda de un pueblo al que en algún momento ambos juraron no volver. Fueron al mismo bar. Se encontraron allí durante tres tardes seguidas y hablaron, recordaron, se quedaron en silencio para observarse mejor, y hasta se besaron un par de veces.Ella había triunfado y le contó de sus viajes y bailes, del orgullo de ver su nombre en los programas de las obras, de los ramos de flores, del éxito. Su vida había sido perfecta sin él. Y eso a él le dolió tanto que le mintió.Le contó acerca de sus conciertos por lejanos países, de sus contratos y fortunas, de las fiestas y de sus nuevas y exitosas canciones. Le habló como si su vida también hubiera resultado una cadena perfecta, una armonía que justificaba el hecho de la separación temprana y absolutamente necesaria. Y también a ella eso le dolió.Al tercer día él se despidió usando una excusa: tenía que firmar nuevos contratos y debía partir. No podía soportar la idea de que ella hubiera triunfado en su carrera. De todas maneras, ese era el último día de permiso y debía marcharse igual.La despedida no fue emotiva. El bar, la mesa al lado de la ventana, dos cafés. Sólo la besó en la frente y la miró con sus ojos duros y tiernos a la vez. En ese momento, el tiempo se mostraba nuevamente a través de la brisa de la tarde de Cadelse. Las miradas se fijaron durante algunos instantes como tomando una última fotografía que evocaría por siempre el momento, la situación, la quietud, el tiempo que no transcurría jamás. Y él se fue, dejándola en el bar con sus ojos que siempre recuerdan y el café que se empezaba a enfriar. 

Era casi de noche. Él caminaba hacia abajo por la calle Alem y los pensamientos se le revolvían en la cabeza. Al reparar por primera vez en sus propios pasos advirtió que sus zapatillas necesitaban un cambio urgente. Se pensó a sí mismo comprando ropa nueva en alguna de las tiendas de Cadelse, eligiendo combinaciones que respetasen el buen gusto, probándose una camisa que luego debería rechazar porque los colores ya no están a la moda. La idea le causó gracia instantánea pero leve.Se sentía mal por haberle mentido.El baldío de mitad de cuadra donde tantas pelotas había pateado en interminables tardes de amigos y fútbol moría convertido en una exposición de arquitectura moderna a la que no pudo reconocer utilidad alguna. En una inevitable consecuencia, el fútbol lo llevó a pensar en sus amigos, sus padres, la gente que había conocido y querido…¿Qué sería de todos ellos? ¿Qué suerte les había tocado vivir? A fin de cuentas se estaba formulando la pregunta que nucleaba a todas: ¿Qué había sido de él?No terminaba de comprender las razones por las cuales le había mentido. ¿Por qué no haberle dicho simplemente la verdad? No… imposible. No lo hubiera soportado. Es más, no le hubiera creído en lo más mínimo y ni siquiera podría haberle quedado el recuerdo de tres tardes dulcemente misteriosas.Además… ¿de qué hubiera servido decirle todo lo que pasó? Eso no cambiaría nada, no mejoraría nada, no volvería el tiempo atrás. El tiempo… siempre el tiempo.Siguió caminando y mientras lo hacía, jugaba a contrastar las fachadas de las casas por las que iba pasando con los recuerdos que mantenía de ellas en su mente. La mueblería, el kiosco, la esquina del correo, los lugares que se sabía de memoria. Ella terminaba su café frío. Carlitos la miraba desde su marco colgado en el bar y sonrió un poquito menos al verla perdida y melancólica. Seguramente él también la recordaba desde entonces, aunque hubieran pasado tantos años.Ella evocó sus bailes, sus teatros, sus éxitos. Supo compartir momentos con estrellas de la danza y el teatro, la invitaron a fiestas y mansiones y todo, todo ese sueño maravilloso, duró hasta el momento en que su tobillo se fracturó. La magia fue breve y la depresión muy larga. Poco a poco fue escapándose de los demás y de sí misma hasta terminar haciendo lo que había heredado de otro momento breve y superficial: pintar cuadros por encargue. El dinero era poco, apenas lo indispensable y un algo más, lo cual le permitió comprarse un viejo Dodge sin luces y armarse de un pequeño guardarropas.¿Por qué le había mentido? ¿Por qué no le dijo la verdad… el fracaso? No; temía que él hubiera triunfado y así fue. Cuando contó su primera versión exitosa lo hizo como prueba; si él hubiera fracasado le podría haber dicho luego que todo lo anterior había sido mentira, que siempre quiso arrancarse de su propio corazón esa pena junto con su cara, que lo extrañó tanto… que tantas veces pensó en él, que tantas veces lo soñó abrazándola… que las noches se hacían interminables y dolorosas, que lo creía encontrar en cada esquina, en cada teatro, que lo trataba de descubrir entre el público que la aplaudía y las flores que le enviaban… si él hubiera fracasado ella le podría haber dicho que su tobillo traidor le aplastó las ilusiones y que la derrota mutua era una oportunidad para fundirse en un punto de encuentro. Que en la coincidencia del dolor y el fracaso podrían ser honestos el uno con el otro, se apañarían y consolarían, los dos, juntos. Le hubiera contado entonces del accidente. De la vez en que decidió venir a Cadelse a buscar su dirección, a preguntarle a sus amigos y padres por cuál rincón del mundo podría andar dando vueltas, desparramando éxitos y canciones. Podría haberle contado del choque, pero no lo hizo. Necesitaba su fracaso. Lo hubiera abrazado entonces en la misma mesa del bar en que revolvía luego, con la cucharita plateada, el café helado que reflejaba la sonrisa leve de Carlitos.Una eternidad después, dejó una moneda sobre la mesa chueca y se fue. 

La Casa del Cementerio se divisaba por encima de los pinos y eucaliptos. Con su presencia y autoridad legendaria vigilaba todo el entorno. El viento resoplaba y la madera crujía a lo lejos. Sólo podía verse el primer y segundo piso de la casa ya que la planta baja estaba tapada por el cementerio propiamente dicho, ubicado al frente de aquella y mirando hacia el pueblo.Cuando él llegó se detuvo unos instantes a contemplar el movimiento de las puntas de los pinos ancestrales que se erguían en la plazoleta de la entrada. Afirmó mentalmente que el lugar era hermoso. El césped, las flores, la quietud. Retomó su paso y abrió una reja que se quejó con un rechinar de bisagras. Se agachó y palmeó a un perro que estaba acurrucado y dispuesto a dormir toda la noche, igual que su dueño, el cuidador del cementerio. El Gran Ángel de piedra vigilaba cada movimiento del lugar sin poder convertirse él mismo en movimiento, sin poder escapar de la eterna piedra. Las cruces más viejas se elevaban sublimes, y algunos nichos de madera con inscripciones ilegibles servían de refugio a los gatos vagabundos. Caminó hasta su tumba y miró la fecha en la lápida: “17-03-1994”. Automáticamente pensó en el accidente. Recordó el choque a la salida de Cadelse, sobre la ruta, con aquel auto que entraba rápido y sin luces. Ya tenía todo perdido, lo único que lamentaba era que haya sido justo el día en que había decidido ir a buscarla, a preguntar por ella, a contarle que todo le había salido mal.Mientras se acomodaba y se acostaba con algo de esfuerzo sintió un aroma conocido, un olor a perfume del cual sólo necesitaba una pizca para cerrar los ojos y pensar en ella. Era su perfume. Cuando segundos después abrió los ojos y se recuperó del estado de semi inconsciencia en que había caído, sacudió la cabeza y la levantó enfrentando la brisa que se debatía en remolinos. La reja de la entrada rechinó lejanamente. Se estaba formando la tormenta. Respiró nuevamente y con mayor profundidad. Algo se movilizó dentro de él:-No puede ser… -pensó mientras bajaba la vista e intentaba adivinar entre la oscuridad los canteros del cementerio. -Las flores deben estar muy frescas…Y sin que su propia justificación lo convenciera totalmente se acostó esperando que se le acabaran los últimos segundos de su permiso. Para matizar la espera silbó un viejo tema suyo que tanto le había gustado a ella alguna vez. 

Aproximadamente diez metros detrás de él había una tumba con la misma fecha que la suya. Ella llegó y se comenzó a acostar. ¿Por qué no haberle dicho del accidente con aquél auto que salía de Cadelse tan de prisa…?De pronto, ella escuchó mezclado con el viento un suave silbido que luego cesó. Cerró los ojos e intentó aguzar el oído inclinando la cabeza hacia la oscuridad. Súbitamente los pinos se sacudieron ruidosamente, el perro del cuidador despertó de un mal sueño y comenzó a ladrar, y la reja de la entrada se cerró con un golpe seco y sonoro. El viento produjo remolinos que arrastraban hojas, flores y arbustos mientras las ramas de los pinos y eucaliptos crujían más fuerte. Un cielo demasiado negro parecía indicar que no tardaría en llegar la lluvia. Ella tomó su cabello enmarañado con ambas manos, lo recogió contra su nuca y se acostó.-Esa canción… -pensó mientras se le escapaban los últimos segundos de su permiso.- No puede ser… es el viento…- Y la lluvia comenzó a caer.

 

Natalio Stecconi, 1994

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