Archivo de la categoría: La Tristeza

Confirmado: un estudio asegura que se puede morir de amor

¡Si te vas me muero de amor! Llegó la confirmación científica: es posible que el ser humano se muera de amor. Eso, que alguna vez toda persona sintió al despedirse de una pareja, hoy es una realidad confirmada por especialistas. Los investigadores de la Universidad de Glasgow estudiaron la evolución de unos cuatro mil matrimonios de entre 45 y 64 años entre la década del 70 y 2004 y llegaron a la conclusión de que “el duelo tiene un impacto en los riesgos de mortalidad de los viudos, que suman a los factores individuales”.

Según Cathy Ross, de la Fundación de Cardiología Británica, una de las razones por las cuales se da este fenómeno es que la gente que pierde a sus parejas a menudo adquiere malos hábitos.     

La situación es particularmente crítica en los primeros seis meses luego de la desaparición del cónyuge, dice el estudio que publica esta semana la revista especializada Journal of Epidemiology and Community Health. En ese período se puede producir la muerte del viudo por diferentes causas, mientras que en los cinco años subsiguientes existe un alto índice de posibilidad de desarrollar desórdenes cardíacos.

Según Cathy Ross, de la Fundación de Cardiología Británica, una de las razones por las cuales se da este fenómeno es que la gente que pierde a sus parejas a menudo adquiere malos hábitos.  “Algunos comienzan a fumar más, otra gente bebe más y por lo general tienden a alimentarse mal“, dijo la experta para quien la cuestión radica en cómo se lleva el duelo más que el dolor de la pérdida en sí mismo

Entre los casos más famosos, se encuentra el del matrimonio que constituyeron los cantantes y compositores de música country y rock, Johnny Cash y June Carter Cash. En mayo de 2003, June falleció a los 73 años luego de ser sometida a una intervención quirúrgica. Sólo cuatro meses después, el legendario Johnny, de 71 años, no pudo sobrevivir a las complicaciones que se presentaron en su diabetes.

Cuando ya no te Aman…

Ya no te amo” puede ser una de las declaraciones más dolorosas que recibamos. Por supuesto que es algo que nos afecta, pero tampoco se trata del fín del mundo. Es así como hay maneras de superarlo.

¡CUANDO TE DEJAN DE AMAR…

Es uno de los temores más grandes que tenemos las mujeres, y seguramente los hombres también, cuando comenzamos una relación sentimental y todo parece ir viento en popa… Queremos que la magia “no se acabe” y, por supuesto, que el “amor perdure para siempre”. Pero, y sin querer preocupar a las que están plenas en el aspecto sentimental, hay ocasiones en que ellos nos dejan de querer…

En este proceso de enamoramiento, el cerebro tiene bastante que ver, al producir sustancias que ponen en alerta al cuerpo y estimulan los neurotransmiso res responsables de ese estado de éxtasis que sentimos.

¡Cuando nos enamoramos, nos sentimos eufórico/as y experimenta mos cambios químicos, fisiológicos y conductuales!. Estas hormonas tienen su tiempo de vida y el organismo se va haciendo resistente a su acción. Lo que significa que la atracción se acaba.

Pero ojo, expertos señalan que sí el amor se acaba por los motivos antes expuestos, es que “nunca fue amor”. La columnista y terapeuta familiar Lourdes Berrocal de González lo expone en uno de sus escritos. “Amar tiene que ver con dar placer, comodidad, paz y seguridad de tener al otro y que el otro la tenga. Estar enamorado y el romance tienen que ver con ansiedad, dolor y excitación por recibir. El romance es un período corto del matrimonio: Es la pasión que quema, el dar la vida por el otro a lo Romeo y Julieta. Ese período hace de la relación algo especial, el problema es que cuando desapare ce esta flama, se cree que hay que crear una nueva situación para revivirla. No hay que revivirla hay que traerla de vuelta dice el autor Frank Pittman”.


Y agrega que
“entre más intenso el romance inicial, más duele el final del mismo y de allí que se inicie la letanía de tú ya no eres la misma (o el mismo) de antes y viceversa. Este grupo de personas está enamorada del amor y no de la otra persona”, explica.

Los datos antes citados, en ningún caso significan que si él nos deja de querer no nos duela. Por lo mismo, consultamos con cuatro mujeres que han vivido un episodio de éstos en su vida y a partir de sus experiencias les contamos cómo superar la declaración Ya no siento lo de antes.

¿CÓMO DESCUBRIRLO?

No siempre tiene que decirnos con palabras que ya no nos quiere. Hay ciertas actitudes que comienzan a delatar que lo que el otro sentía se acabó.

  • “Lo primero que notas es la lejanía física, los cariños, los abrazos y hasta tomarse las manos se va haciendo más esporádico, aunque las relaciones sexuales se mantengan de manera normal”
  • “Los apelativos cariñosos también se comienzan a dejar de usar, ya no te llama tanto, no se interesa mucho por tu día, su presencia se hace muy lejana. Cuando detectas todas esas señales y le añades el hecho de sentirte sola, es el momento de comenzar a pensar en uno y plantearse hasta dónde se puede soportar, qué es lo que deseamos de una pareja”.

¿Y QUÉ HACER ENTONCES?

  • El proceso es a veces bien largo, pero sirve para reflexionar sobre lo que se espera del otro. Yo creo que en esa situación está sumamen te justificado el ser individualista, hablar con nuestra pareja, darle (sí se desea) ciertos plazos y sí nada cambia, terminar la relación, así de simple”.

TIEMPO, VALENTÍA…

Cinco aspectos resultaron fundamentales para nuestras entrevista das, quienes a partir de sus experiencias nos revelaron cuáles son las claves para superar una ruptura que no queríamos.

1.-¡VALENTÍA!

Es uno de los puntos más relevantes. No hay que pensar que porque una persona te dejó de querer nadie te va a volver a querer.

“Creo que todo pasa por algo. Es muy probable que, más adelante, nuestro camino se cruce con la persona que verdaderamente sea la indicada para compartir nuestra vida, pero si nunca nos atrevemos a terminar una relación insana esta persona nunca tendrá la oportuni dad de aparecer”.

2.-¡AUTOESTIMA!

Al saber que ya no se nos quiere, recibimos un profundo golpe al amor propio y nuestra confianza. Por eso, levantar nuestra autoestima se hace imprescindible.

“Tienes que preocuparte de verte bien, salir con otras personas y valorarte”.

Querernos nosotras pasa a ser fundamental, por lo que atrévete a regalonearte.

3.-¡RECUERDA QUE HAY ALGUIÉN MEJOR!

Convencerse que no era el hombre para nosotras es sin duda básico. Positivamente, pensar que tu pareja no ha llegado aún.

4.-¡TÓMATE TÚ TIEMPO!

No por querer que el sentimiento que nos dañó pase rápido, va a ser así. El tiempo finalmente todo lo cura, incluso el ego.

“Se vive un verdadero duelo, que puede durar mucho o poco dependiendo de la persona, de su autoestima, de lo enamorada que está y de su experiencia de vida anterior en cuanto a relaciones de pareja… No hay una receta. El dolor sólo hay que vivirlo, tratando de comprender que el hecho de que tu pareja te haya dejado de amar, no significa que eres una persona no querible… Ahora, para comprender eso, se necesita tiempo y un trabajo interno bastante duro”.

5.-¡UN CLAVO SE ¿SACA CON OTRO?!

No siempre, pero sí nos ayuda a mejorar nuestra autoestima el saber que si bien alguien nos dejó, hay otro que podría llegar a querernos y recordarnos cuánto valemos. Claro que debes tomar las cosas con calma y no pretendas arrojarte en una nueva relación si todavía no has sanado de la anterior.

¿Qué es una lágrima?

Podría dar la fórmula química de la lágrima. Pero sería una tontería. Todos sabemos que la lágrima no es nada más que unas letras mayúsculas y unos números chiquitos, un líquido que sirve para lavar el globo ocular, corno dijo una vez un crítico en un comentario literario.

La lágrima lava también otras cosas.

La lágrima abre su corola celeste sobre un signo de interrogación. A veces es una pregunta. A veces es una respuesta. Pero siempre es un mensaje. Pero siempre es una mano que se tiende, suplicante y abierta, en busca de otra mano que la estreche.
Y nace lejos de los ojos.

Nace en una región de adentro, ésa que el miedo paraliza; ésa que la emoción o la tristeza dejan un instante como suspendida en el aire, igual que cuando bajamos en un ascensor demasiado rápido; ésa que evidencia que existe justamente en el momento en que la amargura la define con un cosquilleo, con una vuelta de tuerca, con un temblor.

¿Qué es una lágrima?
Una lágrima es, un poco, decir adiós a lo que los ojos vieron antes de la lágrima.
Porque las imágenes anteriores ya no serán las mismas.
Porque cada vez que las miremos, después de la lágrima, las imágenes estarán impregnadas de su humedad salada, de ese sombrío fuego que quemó nuestros párpados.

Nada es igual después de una lágrima.

Ni la alegría, ni el dolor, ni la luz, ni la fe, ni la amistad, ni el amor.
Pero creo que lo que más cambia una lágrima… es al ser que la llora.
A mí me fueron cambiando las lágrimas que derramé en mi vida: la que inauguró la soledad de mi infancia; la que suplantó el grito de rebeldía por las injusticias que se cometieron con mi adolescencia; la que brilló como la estrella de Belén para indicarme el camino que llevaba al sendero bello y cambiante del amor.

La que me borró el espejismo de que cada uno, en el mundo, tenía adjudicado su techo, su pedazo de pan, su cuota de alegría, su renovado asombro cotidiano.

La que me despertó frente al blanco envoltorio desde donde una niña recién nacida, en mitad de la noche, me hizo madre y mujer y rescató los pagos de mis comienzos, que se me habían perdido detrás de una maraña de rabias y de ausencias, de negaciones, de golpes, de inútiles.
SI, a mí me fueron cambiando ¡as lágrimas que derramé en mi vida.
La que corrió por tu rostro cayendo de mis ojos, resbaló por tu cuello, humedeció tu pecho y regó tu corazón haciéndolo más blando y comprensivo.

Esa lágrima que, no sé por qué magia, por qué milagro inesperado, disolvió las espinas que suelen ir creciendo en las personas que se aman, y las van arañando sin que lo adviertan, y van impidiendo que uno se acerque al otro por miedo a lastimarse y por miedo a lastimar, y uno no quiere decir que las ve, que las toca, que las siente, sino que cierra los puños y los ojos y las niega, las niega, las niega. Tres veces, como Pedro, antes que cante el gallo de la lágrima y despierte la verdad y, por fin, despierte la verdad. .. sin fórmulas químicas, sin ecuaciones, sin tontos prejuicios… Todo por una lágrima, una simple lágrima. Esa que atora al mundo, y el mundo… se empeña en no llorar.

Texto de Poly Bird, escritora argentina

Sola

Sola. Muy sola. Demasiado sola. Una vez más y sin explicaciones. Nunca hay explicaciones. Después de los besos, el príncipe – una vez más – se convirtió en rana.

Cansada, aburrida, triste y melancólica. Haciendo zapping entre una catarata de imágenes de de programas basura.

Pensando en todo. Pensando en nada.

Fue entonces cuando lo vi. Asomando sus pequeños y oscuros ojos por debajo del mueble bar, tanteando la situación. Me asusté. No. Me sorprendí.

Yo debería estar sola. Muy sola. El ratón atravesó el comedor a velocidad endiablada y fue a parar a la cocina. Me levanté lo más rápido que pude y cerré la puerta de la cocina. Quedaron un par de centímetros desde la puerta al suelo. Mierda. Me acerqué al cuarto de baño, cogí una de las toallas más grandes y la utilicé para tapar la pequeña ranura.

Lo atrapé. Lo había atrapado en MI cocina. Genial. Siempre podía tapiar la puerta e irme a cocinar a casa de mi madre. Traté de recordar si había alguna cosa en la dichosa cocina a la que tuviera un afecto especial…

Volví al comedor. El televisor seguía vomitando imágenes de colores. Tomé un trago. Tomé dos. Tome muchos más y perdí el conocimiento que hacía meses que ya no tenía…

Me desperté. Me dolía mucho la cabeza, como si miles de esquizofrénicos me pincharan en ella al unísono. Como tantos otros días no supe como había llegado a tan patética situación. Donde sí llegué, aunque balanceándome fue hasta la ducha y estuve en ella aproximadamente dos horas, vulnerando todos los tratados internacionales de solidaridad entre pueblos y conservación del medio ambiente.

Entré en la cocina, no sin antes recoger la toalla que había en el suelo (¿qué demonios hacía la toalla allí?). Me dispuse a preparar el café. Con la cafetera en el fuego abrí la nevera para sacar la mantequilla y la mermelada. Una bola de pelo marrón, con patas y cola, salió disparada de debajo de la misma, rozo mi tobillo, atravesó la cocina y fue a esconderse debajo del lavavajillas. Quise gritar, llorar, saltar, rascar y cientos de verbos más.

Pero regresé a la ducha y estuve en ella otro “ratito”, tratando de eliminar la desagradable sensación que había quedado impregnada en mi cuerpo. Tenía un problema. Mejor dicho, tenía un ratón en mi cocina.

Me gustan los animales. Como pollo, ternera, cerdo, cordero y me encanta el besugo al horno. Ahora tenía un ratón cerca del horno. No, en serio. Tengo tres peces de colores, dos caracoles metidos dentro de una caja de zapatos bajo un mar de lechuga (si, lo sé, soy un poco rarita) y un par de hámsters que son la versión burguesa de lo que tenía atrapado en mi cocina. Pensé en buscar una solución que no pasara por la muerte del animalito, pues sus primos hermanos no me lo perdonarían nunca…

Soy imaginativa. Hoy en día, si eres mujer, no te queda más remedio. Entré en la cocina mirando a todos los lados y con una bolsa de la compra, esas de plástico que te dan en el supermercado y que hacen un ruido horrible. La dejé caer en el suelo y puse un trozo de queso azul dentro. El queso podía olerse desde la calle. Esperé cinco minutos subida en el mármol. Espere otros quince. A la media hora se me dormían las piernas. Después de una hora esperando que el ratón saliera a comerse el queso tuve que bajarme del mármol y, tambaleándome, me fui a la cama para dejarme caer en ella. Tenía los ojos enrojecidos de tanto mirar, mis piernas estaban azules y me daba la sensación de haber pasado los últimos seis años de mi vida esperando que el animalucho oliera el queso y quisiera comérselo. Luego pensé que, tal vez, no le gustara el queso fuerte…

Desperté. Era medianoche. Me había dormido otra vez. Fui hacia la cocina y eché un vistazo a la bolsa. Ya no había queso. Abrí la nevera para coger una cerveza… y el ratón salió corriendo hasta llegar debajo del lavavajillas. Esta vez no me tocó pero sentí un escalofrío.

Estuve dos días más sin entrar en la cocina… en MI cocina. Intentaba encontrar una solución que no pasara por la muerte del animal. Pero al entrar por la noche para ver si lo cogía desprevenido vi un montón de excrementos esparcidos por todo el mármol que revolvieron mis entrañas. Aquello debía terminar, e iba a terminar mal para alguien. Bajé al día siguiente a una droguería y pedí un veneno eficaz, de esos que matan a todo tipo de roedores y los convierte en polvo. Traté de que mis hámster no vieran la caja del veneno, para no herir su sensibilidad.

Lo logré. Aquella noche dejé veneno por toda la cocina y me fui a dormir con una sensación agridulce, sintiendo – en el fondo – pena de terminar de aquella manera tan cobarde con la vida del animal.

Estuve dos días más sin entrar en mi cocina, hasta que llegó el fin de semana. Cuando por fin entré, comprobé que casi no quedaba veneno, lo que significaba que el ratón se lo había comido. Estaba dispuesta a desinfectar la cocina a fondo. Iba equipada con mis botas de agua, guantes de plástico, mascarilla de protección y ropa que seguro tiraría a la basura una vez hubiera terminado. Limpié la cocina durante tres horas con lejía y detergente, sin encontrar rastro del ratón. El veneno había hecho su trabajo. Seguro que el bicho estaba en algún rincón, muerto e hinchado como un globo… Y eso hacía que me sintiera extraña.

Desmonté algunos armarios para intentar recuperar el presunto cadáver, pero sin éxito. Quise creer que tal vez había encontrado la salida, lo que me hizo pensar – por primera vez – por donde demonios habría entrado. Terminé por fregar el suelo.

Fue un placer para mí volver a cocinar y disfruté comiendo lo que me había cocinado. Lavé los platos casi con alegría, y pasé toda la tarde viendo un par de películas que había alquilado en el vídeo club.

Después de disfrutar durante tres horas ante el televisor, me dispuse a prepararme un bocado para cenar. Entré en la cocina, cogí el pan de molde que siempre deposito encima de la nevera y abrí ésta para coger algo de embutido ibérico. Una bola enorme de color marrón con el rabo más asqueroso del mundo pasó por delante de mis narices. El ratón parecía ahora una pelota de tenis, estaba hinchado y se movía lentamente, pero acabó como de costumbre debajo del lavavajillas. Me sentí mal. Y a su vez me sentí bien (que contradictoria que soy). Aunque aquel animal había acabado con todo el veneno que le puse, seguía vivo y más repulsivo que nunca. Y mi problema seguía vigente. Aquella noche cerré la puerta de la cocina otra vez y me fui a dormir un poco traspuesta.

Después de reclamar al tipo de la droguería, explicándole que su veneno no solo no había matado al ratón, sino que lo había hecho más grande, compré una trampa tradicional. Uno de esos artilugios mecánicos que ya usaban nuestras abuelas. Sin embargo, seguía sin encontrarme bien. Me parecía horrible acabar de esa manera con el pobre animal. Pero compartir cocina con él era algo a lo que no estaba dispuesta.

Aquella noche le puse un trocito de queso en la trampa y la dejé en el centro de la cocina. Me fui a dormir deseando que el ratón no comiera el queso, no muriera en la trampa y se fuera – por donde había entrado – a vivir al Senegal con algunos roedores de aquel lejano país. Me desperté a media noche, sobresaltada con un ruido que vino de la cocina. Me puse unas zapatillas y me acerqué con cautela. Pegué mi oreja a la puerta y traté de escuchar algún ruido más. Silencio en la madrugada. Abrí la puerta y busqué – entre sombras – con mis ojos la trampa. Mi corazón se lleno de alegría al verla sin queso… y sin el ratón. Retiré la trampa. Cerré la puerta y me fui a dormir muy contenta, feliz de que el ratoncito me hubiera ganado la partida una vez más. No sabía que haría al día siguiente, pero aquel bicho, que se empeñaba en sobrevivir, empezaba a caerme bien.

Me desperté contenta, recordando lo sucedido de madrugada. Me duché pensando que nunca quise matar al ratón, lo que pasaba es que era incapaz de encontrar soluciones originales a situaciones extraordinarias. Me había estado comportando como una maldita histérica. Pero ahora tenía la cabeza clara. También me había dado cuenta que no bebía desde el primer día que vi al ratón. Pensé en entrar en la cocina, abrir la nevera y cuando el ratón repitiera su rutinaria trayectoria, atraparlo con una pequeña red que utilizaba mi padre para pescar pulpos. Después lo llevaría a algún parque cercano de mi ciudad, donde lo dejaría libre. Aquel ratoncito y yo ibamos a dar un bonito paseo…

Abrí por enésima vez la puerta de la cocina, pero esta vez era distinto. Estaba tranquila y sabía lo que tenía que hacer. Llevaba la red atada al palo de la fregona. Sin embargo me quedé estupefacta y paralizada por lo que vi. Había un hombre de unos treinta años, fuerte, atractivo, moreno y desnudo sentado sobre el mármol. Giró suavemente su cabeza hacia un lado y me regaló una sonrisa angelical, mirándome con sus pequeños y oscuros ojos…

¿Por qué estoy tan triste?

¿Estás bajo de ánimos, sin ganas de nada, triste?

Sí es así, no estás solo. Todo el mundo se pone triste a veces. Sí, todo el mundo, todas y cada una de las personas que conoces. Algunas personas se ponen tristes sólo de vez en cuando, mientras que a otras les asalta la tristeza más a menudo. Más de la mitad de los adolescentes atraviesan un periodo de tristeza por lo menos una vez al mes y a bastantes niños les ocurre lo mismo.

Cuando uno está triste, puede tener la sensación de que ese sentimiento va a durar siempre, pero generalmente la tristeza no dura mucho -unas horas, o tal vez un día o dos. Hay un tipo de tristeza más profunda e intensa que dura más y que se denomina depresión.

¿Qué es la tristeza?
La tristeza es un sentimiento -una de las muchas emociones humanas normales, o estados de ánimo que tenemos todos. La tristeza es la emoción que sentimos cuando hemos perdido algo importante, cuando nos ha decepcionado algo o cuando ha ocurrido alguna desgracia que nos afecta a nosotros o a otra persona. Cuando nos sentimos solos, a menudo nos sentimos tristes.

Cuando estás triste, es fácil que el mundo te parezca oscuro e inhóspito, y que no haya nada que te haga ilusiónar. Es posible que el dolor que sientes en tu interior no permita que aflore tu buen humor habitual.

Cuando estés triste, es posible que tengas ganas de llorar, y a veces te resultará difícil contener las lágrimas. Pero probablemente el hecho de llorar te ayudará a sentirte mejor.

A veces, cuando uno está triste, sólo quiere que le dejen solo durante un rato. O puede preferir que otra persona le consuele o se limite a hacerle compañía mientras él se va reponiendo de la tristeza. Hablar sobre lo que nos ha puesto tristes suele ayudar a mitigar este sentimiento.

Cuando la tristeza se empieza a alejar, es posible que tengas la sensación de que te están quitando un gran peso de encima.

¿Por qué es natural estar triste?
Estar triste de vez en cuando es algo completamente normal. Tal vez no hayas logrado algo que deseabas con todas tus fuerzas. Tal vez echas de menos a alguien. Tal vez alguien que te cae muy bien no quiere ser tu amigo y eso te duele. O quizás padezcas una enfermedad o un trastorno que te impide hacer cosas que te gustaría hacer, o que te hace sentirte diferente de tus amigos. Hay muchos motivos por los que una persona puede sentirse triste.

La mayoría de las veces, la tristeza se debe a una pérdida o separación, a un cambio difícil, a que hay algo que nos ha decepcionado o a problemas de relación.

Pérdida y separación
Se trata de la causa más habitual de tristeza. Es muy triste perder a alguien o algo que teníamos en gran estima. Hay muchos tipos de pérdidas. La muerte de un familiar, amigo o mascota puede sumir a una persona en una tristeza que puede durarle semanas o meses. El tipo de tristeza que uno experimenta a raíz de la pérdida de un ser querido tiene un nombre concreto -duelo.

Otros tipos de pérdidas o separaciones de personas que son importantes en tu vida también te pueden provocar tristeza, por ejemplo, que tus padres se divorcien. A veces, es muy difícil pensar con claridad porque no te puedes quitar la pérdida de la cabeza. Generalmente, la intensidad de la tristeza provocada por la pérdida se atenúa con el paso del tiempo, aunque en las pérdidas muy importantes es posible que siempre quede algo de tristeza.

Cambios
Los cambios que te obligan a alejarte de algo (o alguien) querido, como trasladarte a otra cuidad o cambiar de colegio, lo que suele suponer tener que separarte de viejos amigos, también pueden hacerte sentir triste. La llegada un nuevo hermanito también puede provocarte tristeza, a pesar de que todo el mundo piense que deberías estar contento.

Decepciones
Las pequeñas y/o grandes decepciones, como perder un partido que esperabas ganar, sacar mala nota en un examen o que no te inviten a una fiesta también pueden ponerte triste. La tristeza es una reacción natural ante ese tipo de cosas. La intensidad de esa tristeza suele estar relacionada con la magnitud de la pérdida o de la decepción.

Relaciones
Las relaciones suelen aportar alegría y diversión la mayor parte del tiempo. Pero la tensión y los conflictos en las relaciones importantes, o la ruptura de una relación también pueden ser motivo de tristeza. Muchos niños se pelean con otros miembros de su familia, especialmente con sus padres, mientras crecen y luchan por ganar cada vez mayor independencia.

La gente suele experimentar tristeza cuando tiene algún problema con sus seres queridos, o cuando recibe muchas críticas y reprimendas. Se puede discutir por motivos tan diversos como el dinero, la ropa, el corte de pelo, los estudios o los amigos, y este tipo de discusiones también pueden provocar tristeza. En tu centro de estudios, los problemas que puedas tener con los profesores y el hecho de sacar malas notas también pueden hacer que te sientas triste.

Más cosas que pueden ponerte triste
Otros niños, se trate de amigos, desconocidos o conocidos que no son amigos tuyos, pueden herir tu sentimientos y hacerte sentir triste al propiciar enfrentamientos, meterse contigo, o presionarte para que hagas “lo que hacen todos los del grupo”, rehusar apoyarte cuando necesitas apoyo, o no dejarte participar en las actividades grupales. No sentirte comprendido por tu círculo familiar o de amistades también puede hacerte sentir triste.

A veces, la tristeza se mezcla con otros sentimientos!!!! Cuando uno está triste, también puede sentir enfado o culpa. Es posible que tienda a buscar culpables, intentando echar las culpas de lo ocurrido a otras personas o a sí mismo. Algunas veces, los niños creen erróneamente que las cosas tristes, como la muerte, la enfermedad de un ser querido o el divorcio de sus padres, son culpa suya -pero están equivocados. Ellos no son los causantes de tales sucesos.

Cuando la tristeza dura mucho tiempo, es demasiado intensa e impide que una persona disfrute de las cosas buenas de la vida, se denomina depresión.

He aquí algunos de los síntomas de la depresión:

  1. sensación de vacío e incapacidad para ilusionarse con nada
  2. sensación de desamparo y desesperación (ausencia de esperanzas)
  3. sentimiento de culpa y de desvaloración
  4. sensación de estar solo en el mundo y de que nadie te quiere
  5. estar irritable y enfadarse fácilmente (cualquier cosa te saca de quicio)
  6. incapacidad para disfrutar de las cosas
  7. problemas de concentración en clase o a la hora de hacer los deberes, y/o empezar a sacar peores notas en el colegio
  8. problemas para concentrarse en la lectura o en lo que se ve por televisión o no acordarse de qué trataba lo que se ha leído o lo que se ha visto por televisión
    falta de energía y sensación de estar siempre cansado
    dormir demasiado o demasiado poco
  9. no comer lo suficiente y perder peso o comer demasiado y ganar peso
  10. pensar en la muerte o en el suicidio
  11. pasar menos tiempo con los amigos y más tiempo solo
    llorar mucho, a veces sin motivo aparente
    estar inquieto (dificultad para relajarse o estarse quieto)
  12. tener ciertas sensaciones corporales, como frecuentes dolores de estómago, dolor de cabeza u opresión de pecho

Hay niños que están deprimidos y no lo saben. Frecuentemente, son sus padres o profesores quienes identifican los cambios de comportamiento incluidos en la lista que acabas de leer. La depresión se da más en unas familias que en otras. Si un niño tiene un padre depresivo, tendrá más probabilidades de deprimirse.

Cuando un niño se deprime, generalmente la depresión aparece tras un largo período de tristeza que fue desencadenado por alguno de los siguientes sucesos: pérdida de un ser muy querido, como un padre; problemas familiares de larga duración, incluyendo la violencia doméstica, una enfermedad, un divorcio, el alcoholismo o la drogadicción; malos tratos infantiles o desatención; una violación; y enfermedades de larga duración, quemaduras o accidentes. Pero a veces los niños se deprimen sin motivo aparente.

Pedir ayuda
Todo el mundo, se trate de un niño, un adolescente o un adulto, se puede deprimir. Es muy importante que una persona deprimida, independientemente de la edad que tenga, pida ayuda. Si lo hace, tardará menos en encontrarse mejor. A veces el tratamiento sólo implica hablar con alguien que lo sabe todo sobre la depresión. A veces la medicación puede ayudar a curar la depresión, y otras veces se necesitan ambas cosas.

Si crees que puedes estar deprimido o simplemente no hay forma de quitarte la tristeza de encima, es importante que hables con un adulto sobre ello: uno de tus padres, otro familiar, un médico, un profesor, el psicólogo escolar, tu entrenador u otro adulto de confianza. Esa persona podrá ayudarte a buscar un tratamiento adecuado. Muchas poblaciones disponen de números de teléfono gratuitos, a los que la gente puede llamar las 24 horas del día si tiene problemas psicológicos o está pensando en el suicidio; estos números se encuentran en el listín telefónico. Recuerda que siempre habrá alguien que estará dispuesto a escucharte cuando estés triste o deprimido -alguien que te podrá ayudar.

En el fondo del pozo

Hay momentos, en nuestras vidas, en los cuales perdemos todo.  Puede que sea la quiebra de nuestra empresa, el empleo de muchos años, puede ser un divorcio, puede ser un cambio en la economía, puede ser una guerra, puede ser un crimen, puede ser una muerte. 
 
Por más brillante y rica que sea una persona, se encontrará en el fondo del pozo en algún momento de su vida, pero el ideal, es que tales momentos sean puntuales y raros. Y lo serán, si nos preparamos para salir de ellos, antes de que sucedan.  No tengas miedo de esos momentos, pues van a ocurrir de cualquier forma.  Son esa parte de la existencia sobre la cual no tenemos control.  Por eso es mejor desde ya, tener en mente un pensamiento que nos va a ayudar mucho:  “La ventaja, de estar en el fondo del pozo, es que cualquier movimiento nos lleva hacia arriba.”
 
Esos momentos pueden causarnos pánico y recelo sobre el futuro.  Desafortunadamente, la mayoría de las personas hemos sido enseñadas a sufrir por el dolor del fracaso, pero no sobre cómo usar lo aprendido de esos fracasos para construir los nuevos caminos con dirección a la victoria; aprendemos sobre las lágrimas de la amargura, pero no sobre cómo usar esas lágrimas para volvernos mejores personas, día tras día; nos dijeron sobre la soledad de la pérdida, sin jamás acordarse de la importancia de que, cuando estemos solos, nos detengamos para reflexionar sobre lo que debemos cambiar, para que las pérdidas no se repitan.
 
Verdaderamente, escuelas, facultades y gran parte de nuestra sociedad nos enseñan que el fracaso, la pérdida y la falla son cosas horribles, lo que muchas veces es cierto, pero casi nunca nos enseñan lo que tenemos que hacer para salir del fondo del pozo. 
 
Por más dolor que sientas, todo eso por lo cual estás pasando es una dolorosa percepción.  Una evaluación de la realidad con base en el desastre.  Tu dolor es muy real, pero es necesario comprender que el dolor necesita ser contenido, para que podamos pensar y actuar, para colocar nuestra vida en el carril nuevamente.  Por eso, cuando estés caído en el fondo del pozo, descansa un poco y mira a tu alrededor.  Duerme, si es preciso.  Llora, si es preciso.  Pero, después de algún tiempo, sal de allí.   No verás nada; por algunos momentos, estará oscuro y te sentirás perdido. Eso es natural.  Pero, vamos a buscar lo que también es natural: es natural que tú, habiendo tropezado con uno de los puntos bajos de tu vida, solamente necesites hacer un movimiento y ya estarás más próximo de la salida.
 
No te preocupes en olvidar el dolor, pues él es parte de ti.  Son las cicatrices las que te vuelven una persona más completa, más rica internamente, más viva.  Puede ser que tardes y que tengas que “resbalar” mucho, pero echarle la culpa a una persona o situación (aunque sean culpables) no va a sacarte a ti, o a tus sueños, del fondo del pozo. Solamente la acción puede generar resultados.
 
Acuérdate de que la ventaja de estar en el fondo del pozo, es que cualquier movimiento nos lleva hacia arriba.  Busca la salida, levántate y recomienza el camino.  Mientras más pronto, mejor.

Vuelo del alma

Cuando el camino se hace cuesta arriba, NO LO DEJES.

Cuando las cosas andan mal – como a veces sucede – NO ABANDONES.

Cuando no consigas resultados, y se sumen los problemas, NO TE RINDAS.

Cuando quieras sonreír y sólo puedas suspirar NO TE CAIGAS.

Cuando la suerte, te sea adversa, y no encuentres fuerzas para seguir NO RENUNCIES.

Cuando no encuentres compañeros de lucha, NO TE APURES.

Hay manos que sostienen las tuyas ! Cree y Siente en cada minuto de tu vida, deja que tu alma ” vuele libre ” por los jardines hermosos de la confianza en algo superior que llega donde nuestra visión no puede alcanzar , pero sí nuestro corazón puede sentir.

Tu alma desea estar libre para darte fuerza y estímulo! INTENTA !

Cierra los ojos por algunos minutos y deja tus pensamientos volar por sitios de amor.

No podemos cambiar el mundo, ni quitar todo el dolor de la tierra , ni tener ya resueltos todos
nuestros problemas, pero podemos a cada minuto mirar con ojos del amor a cada cosa.

Si pensamos que todo es pasajero, miraremos con cariño lo negativo que te encamina a la elevación y perfección, y luego observaremos con felicidad el cambio del mal en bien , de tristezas en alegrías.

Lo que hoy nos hace sonreír fueron las cosas que nos hicieron llorar ayer.

Nuestras faltas de hoy también son las alegrías de mañana.

Las personas se van , los amores se pierden en el tiempo, los problemas se solucionan, hasta el mismo sol se va cada noche para renacer al día siguiente… no te quedes en el medio del camino porque allá… algo te espera !.

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.