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El calor del alma
Todos nosotros hemos pasado muchos días, o semanas enteras, sin recibir ningún gesto de cariño del prójimo. Son momentos difíciles, cuando el calor humano desaparece, y la vida se reduce a un arduo esfuerzo por sobrevivir.
En esos momentos en que el fuego ajeno no le da calor a nuestra alma, debemos revisar nuestro propio hogar. Debemos agregarle más leña y tratar de iluminar la sala oscura en la que nuestra vida se transformó.
Cuando escuchemos que nuestro fuego crepita, que la madera cruje, que las brasas brillan o las historias que las llamas cuentan, la esperanza nos será devuelta.
Si somos capaces de amar, también seremos capaces de ser amados. No es más que cuestión de tiempo.
Autor: Paulo Coelho
Permanecer abiertos al amor
El último párrafo es divino!!
Había una vez un muchacho, el primero en todo; mejor atleta, mejor estudiante, pero nunca supo si era buen hijo, un buen compañero, un buen amigo o un buen novio. En un día de depresión el muchacho se dejó morir, cuando iba camino al cielo se encontró con un ángel y este le preguntó:
- ¿Por qué lo hiciste si sabías que todos te querían?
El muchacho respondió:
- Hay veces que vale más una sola palabra de consuelo que todo lo que se siente. En todo el tiempo de mi vida, nunca escuché: Estoy orgulloso de ti, gracias por ser mi amigo, ni siquiera un “te quiero” de la persona que más amé.
El ángel se quedó pensativo y el muchacho agregó:
- ¿Y sabes qué es lo que más duele?
El ángel triste le preguntó:
- ¿Qué?
Y el muchacho le respondió:
- ¡Que todavía espero escucharlo algún día!
El ángel abrazó al muchacho y le dijo:
- No te preocupes, pronto conocerás a la única persona que siempre te dijo al oído que te amaba, pero que tú nunca escuchaste.
Existen momentos en los que nos gustaría mucho ayudar a quienes amamos, pero no podemos hacer nada: o las circunstancias no permiten que nos aproximemos, o la persona permanece cerrada ante cualquier gesto de solidaridad y apoyo. Entonces, sólo nos resta el amor.
En los momentos en que todo es inútil, aún podemos amar, sin esperar recompensas, o agradecimientos. Si conseguimos actuar de esta manera, la energía del amor empieza a transformar el universo que nos rodea. Como dice Henry Drummond: “El tiempo no transforma al hombre. El poder de la voluntad no transforma al hombre. Lo transforma el amor”.
Leí en un diario, el caso de una criatura que fue brutalmente golpeada por sus padres. Como resultado, su cuerpo perdió la capacidad de movimiento y además quedó sin habla. Internada en el hospital, fue cuidada por una enfermera que le decía diariamente “yo te quiero”. Aunque los médicos sostenían que no conseguía escucharla y que sus esfuerzos eran inútiles, la enfermera continuaba repitiendo “Yo te quiero, no lo olvides”. Tres semanas después, la criatura había recuperado sus movimientos. Cuatro semanas después, volvía a hablar y a sonreír. La enfermera nunca concedió entrevistas, pero queda aquí el registro, para que no olvidemos nunca que el amor cura.
El amor transforma, el amor cura. Pero a veces el amor construye trampas mortales, y termina destruyendo a la persona que decidió entregarse por completo. ¿Qué sentimiento complejo es éste que en el fondo, es la única razón para continuar vivos, luchando, y procurando mejorar? Sería una irresponsabilidad intentar definirlo porque, como todo el resto de los seres humanos, yo solamente consigo sentirlo.
Se escriben miles de libros, se estrenan obras teatrales, se producen películas, se crean poesías, se tallan esculturas basadas en el amor, pero a pesar de ello, todo lo que el artista puede transmitir es la idea de un sentimiento, pero no el sentimiento en sí mismo. No obstante, aprendí que este sentimiento está presente en las pequeñas cosas y se manifiesta en la más insignificante de las actitudes que tomamos; por lo tanto es necesario tener el amor siempre en mente cuando actuamos o dejamos de actuar.
Coger el teléfono y decir la palabra de cariño que postergamos.
Abrir la puerta y dejar entrar a quien necesita nuestra ayuda.
Pedir perdón por un error que cometimos y que no nos deja en paz.
Exigir un derecho que tenemos.
Ir a la floristería más a menudo que al joyero.
Poner la música bien alta cuando la persona amada está lejos, pero bajar su volumen cuando se halla cerca.
Saber decir “sí” y “no”, porque el amor lidia con todas las energías del hombre.
Descubrir un deporte que pueda ser practicado por ambos.
No seguir ninguna receta, ni siquiera las contenidas en este párrafo, porque el amor requiere creatividad.
Y cuando nada de eso sea posible, cuando lo que resta son momentos en que la soledad parece destruir toda la belleza, la única manera de resistir es continuar abiertos al amor.
Tesoro para ser feliz
Ser Feliz
Cuenta la leyenda que un hombre oyó decir que la felicidad era un tesoro. A partir de aquel instante comenzó a buscarla.
Primero se aventuró por el placer y por todo lo sensual, luego por el poder y la riqueza, después por la fama y la gloria, y así fue recorriendo el mundo del orgullo, del saber, de los viajes, del trabajo, del ocio y de todo cuanto estaba al alcance de su mano.
En un recodo del camino vio un letrero que decía: “Le quedan dos meses de vida”.
Aquel hombre, cansado y desgastado por los sinsabores de la vida se dijo:
Estos dos meses los dedicaré a compartir todo lo que tengo de experiencia, de saber y de vida con las personas que me rodean.
Y aquel buscador infatigable de la felicidad, sólo al final de sus días, encontró que en su interior, en lo que podía compartir, en el tiempo que le dedicaba a los demás, en la renuncia que hacía de sí mismo por servir, estaba el tesoro que tanto había deseado.
Comprendió que para ser feliz se necesita amar; aceptar la vida como viene; disfrutar de lo pequeño y de lo grande; conocerse a sí mismo y aceptarse así como se es; sentirse querido y valorado, pero también querer y valorar; tener razones para vivir y esperar y también razones para morir y descansar.
Entendió que la felicidad brota en el corazón, con el rocío del cariño, la ternura y la comprensión. Que son instantes y momentos de plenitud y bienestar; que está unida y ligada a la forma de ver a la gente y de relacionarse con ella; que siempre está de salida y que para tenerla hay que gozar de paz interior.
Finalmente descubrió que cada edad tiene su propia medida de felicidad y que sólo Dios es la fuente suprema de la alegría, por ser ÉL: amor, bondad, reconciliación, perdón y donación total.
Y en su mente recordó aquella sentencia que dice: “Cuánto gozamos con lo poco que tenemos y cuánto sufrimos por lo mucho que anhelamos.”
Ser Feliz, es una actitud.
“Cada hombre tiene un tesoro que lo está esperando”